lunes

41.4 pablo neruda y sus guaridas. actualidad en la prensa


pablo neruda y sus guaridas
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Un cartel pegado al cristal delantero lo decía bien claro: destino Isla Negra. Se podía llegar a una isla en autobús. Buen motivo para abordarlo. Además, conocía el hombre desde que la casualidad y una agente literaria me hicieron coincidir con un tipo llamado Skármeta. Parapetado tras una copa de vino le pregunté si era griego y respondió que no, que era chileno y que andaba escribiendo un libro protagonizado por Pablo Neruda. El título sería Ardiente Paciencia y la acción transcurriría en un rincón de la costa central de su país, Isla Negra. Un lugar mágico, surrealista. "No deje de visitarlo si tiene ocasión" -me dijo. Al final, la película se llamó El cartero y Pablo Neruda y se rodó en Italia, pero la casa del autor de Doce poemas de amor y una canción desesperada seguía en su ubicación original. Había llegado el momento de seguir el consejo, siempre que el autobús consiguiera salir de la caótica estación central de Alameda. Tras una hora de bocinazos, enfilamos la dirección Santiago Sur. A unos cincuenta kilómetros de la capital entramos en un túnel que nos cambió el día soleado por otro lluvioso. Bajo un cierlo de plomo, un montón de tenderetes daba la bienvenida a Isla Negra, degradada villa marina. Descendí del autobús sintiéndome estafado. De pronto, un golpe de viento cargado de sal superó el olor a fritura. Aún quedaban esperanzas de encontrar algo parecido a lo descrito por el poeta en sus memorias: "Por primera vez sentí como una punzada este olor a invierno marino, mezcla de boldo y arena salada, algas y cardos. Aquí, dijo don Eladio Sobrino y allí nos quedamos. Luego la casa fue creciendo, como la gente, como los árboles".
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Neruda compró a Sobrino, lobo marino retirado, la casa a medio construir. Una ocasión perfecta para terminarla a su gusto, es decir, edificarla como si se tratara de un juguete para compartir con sus amigos. Un juguete para llenarlo de cachivaches y barcos metidos en botellas, que cambiaba por poemas. Y de conchas marinas, miles de ellas, que donó a la Universidad de Chile. Esperando mi turno para acceder a la casa principal, entré en el anexo donde se exponen algunos caparazones junto a un cuerno de narval, el unicornio marino. "¿Y cómo alguien ha tenido el minuto para contemplar una concha de nácar?" -se admiraba un muchacho chileno. "¿Y no tuvo para escribir la oda a la alcachofa?" -replicaba su acompañante. Tenía razón. Neruda puso en Isla Negra sus Odas Elementales, poemas dedicados a las cosas sencillas, en un escritorio que le trajo el mar. Un día de resaca parecido a aquél, las olas arrojaron a la playa una puerta de camarote que convirtió en mesa de trabajo.
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Su pasión por coleccionar era contagiosa. Muchos de sus amigos "empezaron a encaracolarse", según contaba. Amigos que no siempre fueron comprensivos con su enamoradizo compañero, porque se diría que Neruda también coleccionaba mujeres. De hecho, las propiedades que hoy se visitan en Santiago y Valparaíso están íntimamente ligadas a su historial amoroso. Michoacán es la menos conocida, situada en la exclusiva Avenida Lynch de la capital. Allí vivió con una de sus esposas, Delia del Carril. Como todas sus casas, Michoacán es un puzzle, un laberinto. Pero es un lugar de paso, para guardar libros, para recibir amigos y celebrar reuniones bohemias cuando la profesión de diplomático o las creencias políticas no lo empujaban al viaje o al exilio. La segunda casa en Santiago es La Chascona, la despeinada, bautizada en honor de su amante y luego también esposa, Matilde Urrutia. La Chascona se levanta junto a la cascada del cerro San Cristóbal, en el barrio bohemio de Providencia, y es todo un monumento al kitsch.
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[Josep Mª Palau, ALTAÏR, nº 17, 2002.
sólo la muerte
(Pablo Neruda, 1904-1973)
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Hay cementerios solos, tumbas llenas de huesos sin sonido,
el corazón pasando un túnel
oscuro, oscuro, oscuro
como un naufragio hacia adentro nos morimos,
como ahogarnos en el corazón,
como ir cayendo desde la piel al alma.
Hay cadáveres,
hay pies de pegajosa losa fría,
hay la muerte en los huesos,
como un sonido puro,
como un ladrido sin perro,
saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas,
creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia.
Yo veo, sólo, a veces,
ataúdes a vela
zarpar con difuntos pálidos, con mujeres de trenzas muertas,
con panaderos blancos como ángeles,
con niñas pensativas casadas con notarios,
ataúdes subiendo el río vertical de los muertos,
el río morado,
hacia arriba, con las velas hinchadas por el sonido de la muerte,
hinchadas por el sonido silencioso de la muerte.
A lo sonoro llega la muerte,
como un zapato sin pie, como un traje sin hombre,
llega a golpear como un anillo sin piedra y sin dedo,
llega a gritar sin boca, sin lengua, sin garganta.
Sin embargo sus pasos suenan
y su vestido suena, callado, como un árbol.
Yo no sé, yo conozco poco, yo apenas veo,
pero creo que su canto tiene color de violetas húmedas,
de violetas acostumbradas a la tierra
porque la cara de la muerte es verde,
y la mirada de la muerte es verde,
con la aguda humedad de una hoja de violeta
y su grave color de invierno exasperado.
Pero la muerte va también por el mundo vestida de escoba,
lame el suelo buscando,
la muerte está en la escoba,
es la lengua de la muerte buscando muertos,
es la aguja de la muerte buscando hilo.
La muerte está en los catres:
en los colchones lentos, en las frazadas negras
vive tendida, y de repente sopla:
sopla un sonido oscuro que hincha sábanas,
y hay camas navegando a un puerto
en donde está esperando, vestida de almirante.
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